El último examen

Mañana tengo mi último examen teórico de la carrera (y sí, ya sé que lo que debería de estar haciendo ahora mismo es estudiar) y, lo único que puedo sentir en estos momentos, es puro hastío.

Y es que, tal y como he dicho, riéndome sin gracia toda la semana, la Facultad insiste en fastidiar hasta el final: convocatoria a las 8:30h y dos asignaturas enteras el mismo día, Hematología y Geriatría (aunque teniendo en cuenta los combos que hemos tenido que sufrir, como Neurología-Infecciosas, Nefrología-Endrocrinología o Cardiología-Neumología, podemos darnos con un canto en los dientes). Y como todo está dentro de Médica, es perfectamente legal (aunque a mí no me suena demasiado razonable que porque te quede Geriatría tengas que ir con Reumatología, Oncología y Hematología enteras a julio, pero para todo hay opiniones).

Cuando me pongan los dos exámenes delante, estoy convencida de que tendré más posibilidades de que me pregunten en qué entidades se encuentra aumentada la vitamina B12 que en confirmar que entiendo qué es un síndrome mieloproliferativo. Y de aquí proviene parte de mi hartazgo. Cuento con los dedos de una mano los exámenes verdaderamente justos de la carrera, los que iban a comprobar que conocía de qué iba el temario, en lugar de intentar ponerme difícil aprobar.

No nos equivoquemos: los exámenes no tratan de comprobar si tenemos unos conocimientos suficientes en una materia de cara a desempeñar el papel de médicos (o arquitectos, ingenieros, etc), son simplemente una carrera de obstáculos, orientada de tal modo que permite engullir información y vomitarla en un folio en una suerte de frenesí bulímico del que, con suerte, salvaremos un par de pinceladas de todo lo que ingerimos.

Un profesor nos dijo una vez: “Medicina son tres carreras: la carrera, el MIR y la residencia”. Al finalizar la primera de ellas y empezar a catar la segunda, estoy empezando a comprender la verdad de sus palabras.

A partir de mañana, se acabaron las clases, se acabaron los exámenes, se acabaron los obstáculos reales. Pero después de casi 6 años me pregunto, ¿de verdad he aprendido lo suficiente para que sea legítimo tener dentro de 4 meses un título?

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La Troncalidad ha muerto, ¡larga vida a la Troncalidad!

Para mi regocijo y el de muchos de mis compañeros, ayer amanecíamos con la noticia de que el Tribunal Supremo declaraba nulo el Real Decreto de Troncalidad, lo que al menos, para mí, va a suponer uno de los mejores regalos de Navidad en mucho tiempo.

No obstante, lo que me planteo a raíz de esta noticia es, ¿y ahora qué? A fin de cuentas, y planteada en 2003, esta era la única (desde mi punto de vista, ominosa) reforma de un sistema planteado en 1978. No quiero caer en aquello de que, por ser viejo, sea malo, ni mucho menos, pero también existen muchas voces críticas que ponen en duda aquello de “el-mejor-sistema-del-mundo” que tanto hemos escuchado.

No voy a romper una lanza a favor de la Troncalidad (quienes me conocen saben que antes preferiría beberme un litro de arsénico), pero, desde que se planteó el actual sistema de especialización, hemos asistido a cambios de planes de estudio, un aumento en el volumen de estudiantes de Medicina y un crecimiento exponencial del conocimiento médico, así como un cambio en el panorama laboral que me hacen plantearme si el eje carrera-residencia-mercado laboral no se encuentran completamente desalineados.

Y es que, quizás, este sea el momento perfecto, después de la más que evidente disconformidad de los alumnos con la situación post-Bolonia, de plantear, de una vez, una reforma conjunta de carrera y residencia.

A fin de cuentas, la Troncalidad ponía de manifiesto la necesidad de un replanteamiento de qué queremos lograr con la formación de Grado, ya que, muchos de los objetivos que se proponían para los años de formación troncal son los que, según el libro blanco, deberíamos de conseguir en la carrera.

En cuanto a la carrera, además, nos encontramos con una dicotomía, tenemos una formación insuficiente para ejercer la carrera, por la necesidad de hacer más prácticas, con mayores exigencias y un papel definido para el estudiante de Medicina, pero es excesivamente extensa para ser, simplemente, un paso previo al acceso a la residencia.

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Imagen tomada de “Reglas Médicas”

Por otro lado, tenemos el examen MIR. Hace un mes veíamos a raíz de la V Convención de la Formación Médica cómo se habría el debate sobre el acceso directo a la especialidad mediante el baremo obtenido en la carrera, mientras otras voces, fundamentalmente estudiantes (entre los que me incluyo), pedían una homogeneización previa. ¿Es el momento de introducir unos estándares de calidad para la carrera de Medicina en España? Si hubiera una realización estandarizada por medio de tribunales independientes, ¿es el momento de introducir el ECOE en la ecuación del acceso a la formación especializada?

Finalmente, llegamos al punto álgido, la residencia, donde, desde mi punto de vista, todo comienza y termina. Y es que, ¿es legítimo admitir a la cantidad de estudiantes que estamos metiendo en el sistema, teniendo en cuenta que no hay plazas de formación especializada para todos, y las casi nulas posibilidades de trabajo con las que cuenta un médico sin pasar por el sistema MIR? ¿Se adecúan, además, las plazas ofertadas a las necesidades del sistema?

Desde mi punto de vista, si algo bueno se le podía encontrar a la Troncalidad, era la revisión sistemática de las competencias que debían ser adquiridas durante la residencia para la consecución del título de especialista. Esto puede abrir la puerta a planes de formación de la residencia que detallen más las competencias que se tienen que adquirir y en qué grado e, incluso, fijarnos en otros sistemas de residencia, con modelos basados en competencias, no en años, donde el título se adquiere cuando se demuestra la adquisición de todas ellas, no transcurrido un determinado tiempo.

Es, por todo esto, que creo que no sólo tenemos que tomarnos esta noticia como una victoria para el sistema, sino, además, como la señal para plantearnos de verdad hacia dónde queremos ir y, sobre todo, a dónde podemos llegar. Y es que, la Troncalidad ha muerto, ¡larga vida a la Troncalidad!

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De aquellos barros, estos lodos

Actualmente estoy rotando en Atención Primaria de Pediatría y no dejo de constatar diariamente (aunque menos que cuando estaba en adultos), lo denostada que está. De todo lo que he visto, quizás lo más reseñable, por rocambolesco, sea el caso de un médico de un conocido Hospital Universitario que vino con su retoño y, sin molestarse siquiera en tocar, abrió la consulta en la que estábamos, poniéndose después a comentar (en nuestra puerta, cuando les dijimos que esperaran, ¿para qué ocultarse?) con su mujer, que a los de primaria había que meterles caña para que trabajaran.

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Si lo hubieran conocido, lo hubieran incluido aquí, fijo

Además de estar un rato planteándome cómo alguien puede ser tan increíblemente maleducado, lo que me hizo pensar fue, estando en un Hospital Universitario, lo que le inculcaría a sus alumnos. Y es que me da la sensación de que hay una buena parte de los profesionales que no dan a la Primaria el valor que se merece, denostando a sus adjuntos y residentes, y, si bien esta situación es bastante extrema, no deja de ser sino la expresión última de los típicos chascarrillos que se escuchan diariamente en el hospital.

Así, se me ocurren un par de preguntas, ¿se comportan los profesionales de acuerdo con lo que se debería de ser un docente? ¿Se les exige, en caso de que no lo hagan, alguna responsabilidad? En este sentido, soy bastante proclive a pensar que, aunque el Código Deontológico es muy claro, pocos exigen a los demás que se comporten conforme a ello. De hecho, ni siquiera se les dice nada a los médicos que, sabiendo cuando firmaban un contrato en qué tipo de hospital entraban, se niegan a aceptar estudiantes.

Igualmente, esto me hizo considerar el papel de la Atención Primaria en la formación universitaria. A fin de cuentas, se supone que estamos siendo formados para ser médicos generales, y si bien en mi Universidad este es un aspecto que se valora mucho, como se refleja en el plan de estudios (rotamos en total dos meses, uno en adultos y otro en Pediatría), cuando he visto otros planes de estudios, el tiempo total que se pasa aquí es escaso o nulo.

Esta combinación de factores me lleva a pensar en que gran parte de los prejuicios que existen y, desgraciadamente, se transmiten, van ligadas a un gran desconocimiento de la Primaria por parte de los trabajadores que están en Atención Especializada.

Es por esto por lo que me sorprende que las sociedades científicas de Atención Primaria aboguen por querer tener más presencia con la actual conformación de los troncos, sin luchar por tener presencia en la base, evitando la generación de unos prejuicios que, a todas luces, no tienen fundamento (al menos por mi experiencia), permitiéndonos conocerlos de primera mano, además de lo coherente que sería con los supuestos objetivos de nuestra formación.

Y es que, aunque muchos somos excépticos con ella cuando empezamos a rotar (desgraciadamente, me incluía en este grupo), no suele ser extraño que las rotaciones en Primaria terminen así:

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Imagen tomada de “Reglas Médicas”

Finalmente, me gustaría terminar esta entrada con algunas preguntas, ¿empieza la minusvaloración de la Primaria de la que se quejan muchos profesionales en los propios compañeros? ¿Se heredan los prejuicios? ¿Es en los Hospitales Universitarios la docencia una prioridad, incluyendo los aspectos éticos? Desgraciadamente, creo que la respuesta a todas ellas es bastante clara.

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Como niños

Último año de carrera y por fin vuelvo a estar de rotación (cosa que, este año, afortunadamente será casi todo el tiempo). Me encantan las prácticas, pero cada vez que entro en este periodo siempre veo lo mismo: mala estructuración en general (tutores asignados que están de vacaciones, errores en las listas, etc) y la sensación de que en muchos Servicios, no importa demasiado si estás allí o no (“vete cuando te tengas que ir, ¿eh? Por esto ni te preocupes”). En general, la sensación de que es un puro trámite que hay que pasar, y, como algunos te dicen descaradamente, “ahora lo que te tienes que centrar es en el MIR”.

No obstante, este no va a ser el enésimo post hablando de cómo podríamos integrarnos más en las prácticas ni reclamando que nos hagan más caso, sino de la cuestión que creo que subyace a todo: la infantilización del estudiante de Medicina.

No será la primera ni la última vez que un estudiante de último año en prácticas diga una barbaridad sobre el control de los pacientes. Y tampoco será la última vez que un residente o adjunto le conteste simplemente “tenemos que estudiar más”, con tono de sorna pero sin llevarse, ni mucho menos, las manos a la cabeza. Y es que sí, terminamos la carrera, pero no se nos considera (ni de lejos) personas cualificadas para el ejercicio de la práctica clínica, independientemente de lo que pueda poner en el Libro Blanco o la memoria académica.

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Imagen tomada de “Reglas médicas”

Y es que, por considerar absurdo que podamos plantearnos aspectos de la profesión, hay quien incluso lanza aquello de “oh, qué tierno” cuando pensamos en cosas que nos afectarán en un año, como la relación con la industria farmacéutica, el trato que se da a los pacientes o la libranza de las guardias.

A fin de cuentas, si se nos tratara como a verdaderos adultos, no haríamos cosas que son habituales. ¿En qué trabajo te permiten llegar tarde diariamente, faltar injustificadamente o irte antes de tiempo sin alzar una ceja? ¿Podrías entregar un informe claramente copiado sin que nadie dijera una palabra y encima recibir una buena evaluación como recompensa?

Igualmente, nosotros somos los primeros que entramos en el juego. Y es que, cuando hacemos cualquiera de estas cosas, si estamos con un compañero, lo primero que decimos es que esperamos que no nos pillen. Como un niño de 5 años al que ven con la mano en el tarro de las galletas.

Todo esto, lo que me lleva a plantearme es, ¿cómo serían las prácticas en Medicina si fueramos tratados como adultos? Es decir, si tuviéramos responsabilidades reales asignadas y, aunque estuviéramos supervisados, nuestros errores y faltas tuvieran una consecuencia.

Realmente, creo que al final todos los problemas que subyacen a las carencias que sentimos en las prácticas vienen derivadas de este trato infantil, ya que, ¿cómo es posible hacer bien algo cuando no te toman en serio?

Y esto me lleva a pensar, ¿y si tuviéramos un sueldo (aunque fuera simbólico) por las prácticas, como ocurre en países de nuestro entorno? ¿Cambiarían las exigencias? ¿Se nos tomaría en serio? Quizás, así, por fin habría la sensación de que tenemos que hacer algo para ganarnos estar ahí, y no sólo limitarnos a respirar, terminando, de una vez por todas, con esta situación:

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Imagen tomada de “Reglas médicas”

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¿Práctica? Clínica

Este verano estoy yendo a rotar al servicio de Ginecología del Hospital Materno-Infantil de Gran Canaria. Por ahora está siendo una experiencia muy gratificante, más de lo que esperaba, pero en todo momento he tenido una sensación de que algo me faltaba y de liberación que hasta hace poco no he sabido identificar… y era la ausencia del portafolios.

No conozco a ningún estudiante que no odie profundamente ponerse a redactar lo que no es más que el fracaso de lo que deben de significar las prácticas. En el caso de mi Universidad (Complutense de Madrid) consiste, por cada mes de rotación, en 3 historias, 3 registros y el resumen de una guardia. En general, durante la rotación, sueles estar más preocupado por cómo te lo vas a quitar de encima que por las habilidades que se supone que tienes que adquirir.

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Estudiante preparando el portafolios

Los errores del formato del portafolios son muchos: no se adaptan a las singularidades de cada Servicio, es igual para especialidades médicas y quirúrgicas y el tonto hecho de que nadie se pone de acuerdo en el contenido de los registros. Igualmente, tampoco se exponen unos objetivos claros.

Pero además de los fallos de diseño, la principal limitación de éste es que se favorece que el alumno se salte las prácticas fácilmente, además de que copie el portafolios de otro, y que los adjuntos y residentes se desentiendan de los estudiantes, ya que muchas veces ni siquiera es la persona con la que has estado en las prácticas aquélla que te corrige.

Y es que, cuando no te hacen mucho caso en unas prácticas y eres más bien un adorno en la pared, ¿qué motivación te queda cuando te va a calificar una persona que ni te ha mirado a la cara? Si se supone que son prácticas, ¿no tendría más sentido mandar al estudiante a historiar y evaluarle en función de lo que haga? ¿Valorar sus habilidades clínicas? ¿Pedirle que haga evolutivos? Cuando de verdad se ha estado con un estudiante y se le ha permitido involucrarse en un Servicio, ¿hace falta mandar trabajo extra que constituye toda la evaluación? Un trabajo del que, además, no se explican los errores, siendo la nota que aparece una tómbola.

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Imagen tomada de Reglas Médicas

Desde mi punto de vista, las prácticas deberían incluir una serie de ítems mínimos a realizar y en los que se basase la evaluación (suturar x veces, hacer x registros, etc), adaptados a las peculiaridades de cada Servicio, dando un feedback a los alumnos de por qué se pone una determinada nota y los errores que se han cometido, asignándose uno o varios tutores que hagan un seguimiento real de los avances del estudiante en el Servicio.

Claro que, para que suceda lo anterior, deberíamos de tener hospitales que no estuvieran saturados, un cambio en la concepción de lo que significa ser un estudiante de Medicina en prácticas y un reconocimiento de la actividad docente, también para residentes. En definitiva, hacer que el concepto de hospital universitario cobre sentido.

De cualquier forma, el quid de la cuestión es, ¿qué son las prácticas? ¿Qué queremos conseguir con ellas? ¿Queremos que de la carrera salgan médicos o sólo personas familiarizadas con determinados términos? Porque, si queremos lo último, quizás no debamos de cambiar de método, lo estamos haciendo perfecto.

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De promedicoblastos y especulación

Llega junio y, como todos los años, se empiezan a rellenar las preinscripciones universitarias, llegando muchas de ellas con Medicina como primera opción.

Los estudiantes de Medicina nos hemos convertido en la élite del postureo universitario. Cada vez que abro la boca y digo que estudio Medicina, o mis padres lo dicen cuando alguien les pregunta, la reacción es unánime: “Uy, ¡qué complicado” “Madre mía, con lo difícil que es entrar”. Da la sensación de que esto es un título en sí mismo, amén del que te dan al terminar la carrera.

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A algunos les dan un póster así con la matrícula

Cada año la nota de corte ha ido subiendo hasta alcanzar límites absurdos. Sin ir más lejos, en mi Universidad, el curso anterior fue de 12.697 sobre 14, traducido, 9.07. La excelencia que se proclama y se echa en falta muchas veces durante el Grado sí es conditio sine qua non para acceder a éste.

¿De qué se alimenta la nota en Medicina? Una gran parte de personas no vinculadas al mundo de la Medicina suele hablar de escasez de médicos y de una necesidad de mayor oferta de plazas. No obstante, España es el segundo país del mundo con mayor número de Facultades de Medicina por habitante, superando con mucho lo recomendado por la OMS. Y la realidad es que, si bien existen, las salidas profesionales sin el MIR son escasas, convocándose ahora mismo plazas para la mitad de los que optan a una.

A pesar de esto, y haciendo gala de demagogia, numerosas Universidades, tanto públicas como privadas, aspiran a tener a la “joya de las titulaciones” en su oferta (no porque yo lo piense, sino porque es lo que parece), a pesar de las numerosas reiteraciones del Foro de la Profesión Médica para que el aumento de plazas no se lleve a cabo.

Además, tal y como he dicho en otras ocasiones, este aumento en el número de alumnos no se hace de forma congruente con la capacidad formadora de los hospitales, lo que ya ha generado problemas por solapamientos entre Universidades.

De todas formas, la especulación se alimenta también del desastroso sistema, ya que al no existir un distrito único, quien no está seguro de si entrará se inscribe en múltiples Comunidades Autónomas, saliendo innumerables listados a partir de las plazas que quedan vacantes. En algunas Universidades, la diferencia entre el primer llamamiento y el último se salda con casi medio punto de diferencia:

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Gráfica tomada de CasiMédicos

Igualmente, a pesar de lo racional de la limitación de plazas, va contra la razón pensar que un alumno de notable no esté capacitado para cursar Medicina. Especialmente cuando una parte sustancial de esa nota se obtiene en un 40% del tiro al aire que supone la PAU: un mal examen y estás fuera.

Esto me lleva a plantearme también si estamos juzgando lo importante a la hora de acceder a esta (y a cualquier otra) titulación. ¿Es más importante resolver matrices (las cuales no he utilizado en toda la carrera) que tener habilidades de comunicación social? ¿Sustituye conocer la configuración espacial de una molécula la empatía? Con esto quiero llevar un poco más allá aquello que comentaban hace poco en La Navaja de Hanlon, no fomentamos la empatía dentro de la carrera, pero es que tampoco es un requisito de entrada.

Y es que, en España, hablar de valorar habilidades no estrictamente académicas se puede considerar cuasi sacrílego, ya que, si se pueden desviar varios millones de euros públicos a Suiza, ¿cuánta trampa podría haber con el acceso a las titulaciones? ¿Sería el fomento del enchufismo universitario? Yo misma soy bastante escéptica con este tema, pero, no obstante, considero que ciertas aptitudes deberían de tener cierto peso a la hora de elegir carrera, pero, también me planteo, ¿cuánta gente de sobresaliente pero poco motivada ha entrado en Medicina dejando fuera a personas de notable con gran vocación?

Mucho se ha hablado este mes del fin de la Selectividad y el acceso a la Universidad tal y como lo conocíamos, así como la ausencia de un modelo plenamente definido. A menos de un año, esto es prácticamente una catástrofe, ya que rara vez estos  cambios planteados de manera rápida llegan a buen puerto, pero también es una oportunidad para cambiar las cosas, dar el salto a la piscina y empezar a mirar más allá de lo académico a la hora de ingresar en la Facultad ya que, a fin de cuentas, quien entra no es un número, sino una persona.

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Sobre pública y privada

Esta semana hemos presenciado un gran debate a raíz de la normativa de la Generalitat Valenciana que expulsará a los estudiantes de las Universidades privadas de los Hospitales públicos en cumplimiento de la ley, que exige una única Universidad por Hospital.

Dicho así puede parecer una enorme injusticia, ya que no se ha tomado una medida equitativa, sino que se ha decidido favorecer a los alumnos de la pública sobre los de la privada. Esto ha llevado a multitud de personas a pronunciarse, hablando de clasismo y saliendo a relucir también el tema de la apreciación popular de un mayor nivel educativo en las instituciones públicas frente a las privadas.

Anterior a esto ha habido casos de Universidades públicas que se han quedado sin prácticas por privadas, siendo el caso más sonado el de la Universidad de Murcia, que ha tenido claros problemas de coincidencia con las prácticas en la Universidad Católica San Antonio de Murcia. Ha habido otros casos menos sonados, como la rescisión del acuerdo entre el Hospital Infanta Sofía y la Universidad Complutense de Madrid por la firma de un convenio con la Universidad Europea de Madrid.

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Mi aplauso a la decisión de la Generalitat va por cómo se realizan las prácticas por parte de la privada. Ésta paga una tasa por alumno y hora de práctica al Hospital, en concepto de los gastos que se puedan generar, así como una remuneración a los profesores contratados como asociados que imparten las clases teóricas. Sin embargo, no se paga ni una tasa global de convenio ni a los profesionales que imparten las prácticas, que ni mucho menos son todos profesores asociados que ya están cobrando por parte de la Universidad. Es imposible realizar la actividad asistencial igual de rápido si hay que pararse a explicar, de modo que se ve aumentado el tiempo de trabajo de forma no remunerada, o hay que reducir calidad asistencial de cara a no incrementar la jornada laboral. Igualmente, tampoco se pagan las prácticas extracurriculares que buscan los alumnos por su cuenta, lo que también implica materiales y atención profesional.

Ya sé que se puede argumentar que esto mismo pasa con los alumnos de la pública, pero hay una diferencia de fondo clara, aunque la Universidad privada también sea una institución educativa y sus alumnos tengan derecho a tener garantizadas unas prácticas de calidad, su fin último no es la educación, sino la generación de beneficios. Es por ello que el modelo actual, en el que se generan beneficios privados a partir de un capital público me parece, cuanto menos, poco transparente.

No hay que olvidar la especulación que hay entorno a las titulaciones de Ciencias de la Salud, que por la nota exigida en la pública hace que el público potencial de las privadas crezca. Del mismo modo, podemos ver que son las titulaciones más caras que se ofrecen en estas instituciones.

Igualmente, hay que tener en cuenta la desastrosa planificación de apertura de Facultades, lo que incluye tanto a públicas como a privadas, sin hacer primero un análisis de los recursos ni de la demanda de profesionales, habiendo llegado finalmente a la situación de haber un mayor número de egresados que de plazas MIR, que sumado a los recirculantes y los extranjeros, ha hecho que el número de aspirantes duplique las plazas de formación disponibles.

Esto es patente en las prácticas, muy masificadas en algunos Servicios, llegándose a ver a cinco estudiantes, un residente y un adjunto en una consulta. Y es que la petición de las Universidades públicas de contar con más Hospitales no es un capricho ni una cuestión de acaparación, sino una necesidad real para que exista esa excelencia de la que hablan los Campus pero no es tan patente en las aulas.

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Vista previa de algunas consultas

Por todo esto, creo que la obligación de los servicios públicos es garantizar una adecuada formación en las Universidades públicas, relegando la formación privada a aquellas instuciones que no se vean cubiertas y reformando la forma de hacer convenios, de modo que los beneficios de unos no se generen con el dinero de todos.

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