Como niños

Último año de carrera y por fin vuelvo a estar de rotación (cosa que, este año, afortunadamente será casi todo el tiempo). Me encantan las prácticas, pero cada vez que entro en este periodo siempre veo lo mismo: mala estructuración en general (tutores asignados que están de vacaciones, errores en las listas, etc) y la sensación de que en muchos Servicios, no importa demasiado si estás allí o no (“vete cuando te tengas que ir, ¿eh? Por esto ni te preocupes”). En general, la sensación de que es un puro trámite que hay que pasar, y, como algunos te dicen descaradamente, “ahora lo que te tienes que centrar es en el MIR”.

No obstante, este no va a ser el enésimo post hablando de cómo podríamos integrarnos más en las prácticas ni reclamando que nos hagan más caso, sino de la cuestión que creo que subyace a todo: la infantilización del estudiante de Medicina.

No será la primera ni la última vez que un estudiante de último año en prácticas diga una barbaridad sobre el control de los pacientes. Y tampoco será la última vez que un residente o adjunto le conteste simplemente “tenemos que estudiar más”, con tono de sorna pero sin llevarse, ni mucho menos, las manos a la cabeza. Y es que sí, terminamos la carrera, pero no se nos considera (ni de lejos) personas cualificadas para el ejercicio de la práctica clínica, independientemente de lo que pueda poner en el Libro Blanco o la memoria académica.

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Imagen tomada de “Reglas médicas”

Y es que, por considerar absurdo que podamos plantearnos aspectos de la profesión, hay quien incluso lanza aquello de “oh, qué tierno” cuando pensamos en cosas que nos afectarán en un año, como la relación con la industria farmacéutica, el trato que se da a los pacientes o la libranza de las guardias.

A fin de cuentas, si se nos tratara como a verdaderos adultos, no haríamos cosas que son habituales. ¿En qué trabajo te permiten llegar tarde diariamente, faltar injustificadamente o irte antes de tiempo sin alzar una ceja? ¿Podrías entregar un informe claramente copiado sin que nadie dijera una palabra y encima recibir una buena evaluación como recompensa?

Igualmente, nosotros somos los primeros que entramos en el juego. Y es que, cuando hacemos cualquiera de estas cosas, si estamos con un compañero, lo primero que decimos es que esperamos que no nos pillen. Como un niño de 5 años al que ven con la mano en el tarro de las galletas.

Todo esto, lo que me lleva a plantearme es, ¿cómo serían las prácticas en Medicina si fueramos tratados como adultos? Es decir, si tuviéramos responsabilidades reales asignadas y, aunque estuviéramos supervisados, nuestros errores y faltas tuvieran una consecuencia.

Realmente, creo que al final todos los problemas que subyacen a las carencias que sentimos en las prácticas vienen derivadas de este trato infantil, ya que, ¿cómo es posible hacer bien algo cuando no te toman en serio?

Y esto me lleva a pensar, ¿y si tuviéramos un sueldo (aunque fuera simbólico) por las prácticas, como ocurre en países de nuestro entorno? ¿Cambiarían las exigencias? ¿Se nos tomaría en serio? Quizás, así, por fin habría la sensación de que tenemos que hacer algo para ganarnos estar ahí, y no sólo limitarnos a respirar, terminando, de una vez por todas, con esta situación:

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Imagen tomada de “Reglas médicas”

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¿Práctica? Clínica

Este verano estoy yendo a rotar al servicio de Ginecología del Hospital Materno-Infantil de Gran Canaria. Por ahora está siendo una experiencia muy gratificante, más de lo que esperaba, pero en todo momento he tenido una sensación de que algo me faltaba y de liberación que hasta hace poco no he sabido identificar… y era la ausencia del portafolios.

No conozco a ningún estudiante que no odie profundamente ponerse a redactar lo que no es más que el fracaso de lo que deben de significar las prácticas. En el caso de mi Universidad (Complutense de Madrid) consiste, por cada mes de rotación, en 3 historias, 3 registros y el resumen de una guardia. En general, durante la rotación, sueles estar más preocupado por cómo te lo vas a quitar de encima que por las habilidades que se supone que tienes que adquirir.

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Estudiante preparando el portafolios

Los errores del formato del portafolios son muchos: no se adaptan a las singularidades de cada Servicio, es igual para especialidades médicas y quirúrgicas y el tonto hecho de que nadie se pone de acuerdo en el contenido de los registros. Igualmente, tampoco se exponen unos objetivos claros.

Pero además de los fallos de diseño, la principal limitación de éste es que se favorece que el alumno se salte las prácticas fácilmente, además de que copie el portafolios de otro, y que los adjuntos y residentes se desentiendan de los estudiantes, ya que muchas veces ni siquiera es la persona con la que has estado en las prácticas aquélla que te corrige.

Y es que, cuando no te hacen mucho caso en unas prácticas y eres más bien un adorno en la pared, ¿qué motivación te queda cuando te va a calificar una persona que ni te ha mirado a la cara? Si se supone que son prácticas, ¿no tendría más sentido mandar al estudiante a historiar y evaluarle en función de lo que haga? ¿Valorar sus habilidades clínicas? ¿Pedirle que haga evolutivos? Cuando de verdad se ha estado con un estudiante y se le ha permitido involucrarse en un Servicio, ¿hace falta mandar trabajo extra que constituye toda la evaluación? Un trabajo del que, además, no se explican los errores, siendo la nota que aparece una tómbola.

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Imagen tomada de Reglas Médicas

Desde mi punto de vista, las prácticas deberían incluir una serie de ítems mínimos a realizar y en los que se basase la evaluación (suturar x veces, hacer x registros, etc), adaptados a las peculiaridades de cada Servicio, dando un feedback a los alumnos de por qué se pone una determinada nota y los errores que se han cometido, asignándose uno o varios tutores que hagan un seguimiento real de los avances del estudiante en el Servicio.

Claro que, para que suceda lo anterior, deberíamos de tener hospitales que no estuvieran saturados, un cambio en la concepción de lo que significa ser un estudiante de Medicina en prácticas y un reconocimiento de la actividad docente, también para residentes. En definitiva, hacer que el concepto de hospital universitario cobre sentido.

De cualquier forma, el quid de la cuestión es, ¿qué son las prácticas? ¿Qué queremos conseguir con ellas? ¿Queremos que de la carrera salgan médicos o sólo personas familiarizadas con determinados términos? Porque, si queremos lo último, quizás no debamos de cambiar de método, lo estamos haciendo perfecto.

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De promedicoblastos y especulación

Llega junio y, como todos los años, se empiezan a rellenar las preinscripciones universitarias, llegando muchas de ellas con Medicina como primera opción.

Los estudiantes de Medicina nos hemos convertido en la élite del postureo universitario. Cada vez que abro la boca y digo que estudio Medicina, o mis padres lo dicen cuando alguien les pregunta, la reacción es unánime: “Uy, ¡qué complicado” “Madre mía, con lo difícil que es entrar”. Da la sensación de que esto es un título en sí mismo, amén del que te dan al terminar la carrera.

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A algunos les dan un póster así con la matrícula

Cada año la nota de corte ha ido subiendo hasta alcanzar límites absurdos. Sin ir más lejos, en mi Universidad, el curso anterior fue de 12.697 sobre 14, traducido, 9.07. La excelencia que se proclama y se echa en falta muchas veces durante el Grado sí es conditio sine qua non para acceder a éste.

¿De qué se alimenta la nota en Medicina? Una gran parte de personas no vinculadas al mundo de la Medicina suele hablar de escasez de médicos y de una necesidad de mayor oferta de plazas. No obstante, España es el segundo país del mundo con mayor número de Facultades de Medicina por habitante, superando con mucho lo recomendado por la OMS. Y la realidad es que, si bien existen, las salidas profesionales sin el MIR son escasas, convocándose ahora mismo plazas para la mitad de los que optan a una.

A pesar de esto, y haciendo gala de demagogia, numerosas Universidades, tanto públicas como privadas, aspiran a tener a la “joya de las titulaciones” en su oferta (no porque yo lo piense, sino porque es lo que parece), a pesar de las numerosas reiteraciones del Foro de la Profesión Médica para que el aumento de plazas no se lleve a cabo.

Además, tal y como he dicho en otras ocasiones, este aumento en el número de alumnos no se hace de forma congruente con la capacidad formadora de los hospitales, lo que ya ha generado problemas por solapamientos entre Universidades.

De todas formas, la especulación se alimenta también del desastroso sistema, ya que al no existir un distrito único, quien no está seguro de si entrará se inscribe en múltiples Comunidades Autónomas, saliendo innumerables listados a partir de las plazas que quedan vacantes. En algunas Universidades, la diferencia entre el primer llamamiento y el último se salda con casi medio punto de diferencia:

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Gráfica tomada de CasiMédicos

Igualmente, a pesar de lo racional de la limitación de plazas, va contra la razón pensar que un alumno de notable no esté capacitado para cursar Medicina. Especialmente cuando una parte sustancial de esa nota se obtiene en un 40% del tiro al aire que supone la PAU: un mal examen y estás fuera.

Esto me lleva a plantearme también si estamos juzgando lo importante a la hora de acceder a esta (y a cualquier otra) titulación. ¿Es más importante resolver matrices (las cuales no he utilizado en toda la carrera) que tener habilidades de comunicación social? ¿Sustituye conocer la configuración espacial de una molécula la empatía? Con esto quiero llevar un poco más allá aquello que comentaban hace poco en La Navaja de Hanlon, no fomentamos la empatía dentro de la carrera, pero es que tampoco es un requisito de entrada.

Y es que, en España, hablar de valorar habilidades no estrictamente académicas se puede considerar cuasi sacrílego, ya que, si se pueden desviar varios millones de euros públicos a Suiza, ¿cuánta trampa podría haber con el acceso a las titulaciones? ¿Sería el fomento del enchufismo universitario? Yo misma soy bastante escéptica con este tema, pero, no obstante, considero que ciertas aptitudes deberían de tener cierto peso a la hora de elegir carrera, pero, también me planteo, ¿cuánta gente de sobresaliente pero poco motivada ha entrado en Medicina dejando fuera a personas de notable con gran vocación?

Mucho se ha hablado este mes del fin de la Selectividad y el acceso a la Universidad tal y como lo conocíamos, así como la ausencia de un modelo plenamente definido. A menos de un año, esto es prácticamente una catástrofe, ya que rara vez estos  cambios planteados de manera rápida llegan a buen puerto, pero también es una oportunidad para cambiar las cosas, dar el salto a la piscina y empezar a mirar más allá de lo académico a la hora de ingresar en la Facultad ya que, a fin de cuentas, quien entra no es un número, sino una persona.

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Sobre pública y privada

Esta semana hemos presenciado un gran debate a raíz de la normativa de la Generalitat Valenciana que expulsará a los estudiantes de las Universidades privadas de los Hospitales públicos en cumplimiento de la ley, que exige una única Universidad por Hospital.

Dicho así puede parecer una enorme injusticia, ya que no se ha tomado una medida equitativa, sino que se ha decidido favorecer a los alumnos de la pública sobre los de la privada. Esto ha llevado a multitud de personas a pronunciarse, hablando de clasismo y saliendo a relucir también el tema de la apreciación popular de un mayor nivel educativo en las instituciones públicas frente a las privadas.

Anterior a esto ha habido casos de Universidades públicas que se han quedado sin prácticas por privadas, siendo el caso más sonado el de la Universidad de Murcia, que ha tenido claros problemas de coincidencia con las prácticas en la Universidad Católica San Antonio de Murcia. Ha habido otros casos menos sonados, como la rescisión del acuerdo entre el Hospital Infanta Sofía y la Universidad Complutense de Madrid por la firma de un convenio con la Universidad Europea de Madrid.

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Mi aplauso a la decisión de la Generalitat va por cómo se realizan las prácticas por parte de la privada. Ésta paga una tasa por alumno y hora de práctica al Hospital, en concepto de los gastos que se puedan generar, así como una remuneración a los profesores contratados como asociados que imparten las clases teóricas. Sin embargo, no se paga ni una tasa global de convenio ni a los profesionales que imparten las prácticas, que ni mucho menos son todos profesores asociados que ya están cobrando por parte de la Universidad. Es imposible realizar la actividad asistencial igual de rápido si hay que pararse a explicar, de modo que se ve aumentado el tiempo de trabajo de forma no remunerada, o hay que reducir calidad asistencial de cara a no incrementar la jornada laboral. Igualmente, tampoco se pagan las prácticas extracurriculares que buscan los alumnos por su cuenta, lo que también implica materiales y atención profesional.

Ya sé que se puede argumentar que esto mismo pasa con los alumnos de la pública, pero hay una diferencia de fondo clara, aunque la Universidad privada también sea una institución educativa y sus alumnos tengan derecho a tener garantizadas unas prácticas de calidad, su fin último no es la educación, sino la generación de beneficios. Es por ello que el modelo actual, en el que se generan beneficios privados a partir de un capital público me parece, cuanto menos, poco transparente.

No hay que olvidar la especulación que hay entorno a las titulaciones de Ciencias de la Salud, que por la nota exigida en la pública hace que el público potencial de las privadas crezca. Del mismo modo, podemos ver que son las titulaciones más caras que se ofrecen en estas instituciones.

Igualmente, hay que tener en cuenta la desastrosa planificación de apertura de Facultades, lo que incluye tanto a públicas como a privadas, sin hacer primero un análisis de los recursos ni de la demanda de profesionales, habiendo llegado finalmente a la situación de haber un mayor número de egresados que de plazas MIR, que sumado a los recirculantes y los extranjeros, ha hecho que el número de aspirantes duplique las plazas de formación disponibles.

Esto es patente en las prácticas, muy masificadas en algunos Servicios, llegándose a ver a cinco estudiantes, un residente y un adjunto en una consulta. Y es que la petición de las Universidades públicas de contar con más Hospitales no es un capricho ni una cuestión de acaparación, sino una necesidad real para que exista esa excelencia de la que hablan los Campus pero no es tan patente en las aulas.

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Vista previa de algunas consultas

Por todo esto, creo que la obligación de los servicios públicos es garantizar una adecuada formación en las Universidades públicas, relegando la formación privada a aquellas instuciones que no se vean cubiertas y reformando la forma de hacer convenios, de modo que los beneficios de unos no se generen con el dinero de todos.

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Quiero ser médico general

Quiero que se me enseñe a tratar con los pacientes. Lograr que hablar con ellos sea una parte tan importnate de su terapia como cualquier procedimiento o medicamento. Poder llamarles por su nombre. Aprender a ganarme su confianza y su respeto, no por el título que aparezca en mi identificación, sino porque, de verdad, les inspire seguridad.

Quiero que se me enseñe a razonar. A integrar conceptos. A cuestionar aquello que se escapa de la lógica. A ser escéptica. Porque en ninguna Facultad se debería de enseñar medicina de “qué”, sino de “por qué”.

Quiero poder fiarme de lo que oigo y lo que interpreto, aunque, a veces, sea inevitable la incertidumbre. Que sea capaz de ver los signos de alarma, incluso cuando no siempre pueda decir exactamente a qué pueden llevar.

Quiero aprender a aceptar mis responsabilidades cuando algo sale mal, y mi parte de mérito cuando sale bien. A dar malas noticias. A saber cómo comportarme ante un paciente inestable emocionalmente. A lidiar con una familia obcecada. A explicar qué está pasando al paciente y aceptar las diferencias entre su criterio y el mío.

Quiero saber gestionar recursos, fármacos, pruebas y derivaciones. Saber establecer prioridades y asumir que, a veces, lo mejor es no hacer nada.

Quiero aprender a respetar a mis compañeros de profesión, tanto médicos como personal no facultativo, asumiendo que hay muchas formas de actuar y que no existe una verdad absoluta.

Quiero aprender a mantenerme actualizada, por mi bien y por el de mis pacientes. Saber priorizar en mi tiempo de estudio aquello que va a ser más útil, aunque, para mis gustos, pueda no resultar lo más interesante.

Quiero terminar la carrera el año que viene pudiendo decir que soy médico general, aprendiendo todo esto, aunque la mayoría de las cosas son aquellas que no se enseñan, porque no vienen en un algoritmo. Aunque cuando me especialice quiera ser otra cosa. No obstante, por desgracia, lo que quiero y lo que hago no van siempre de la mano.

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Imagen tomada de “Reglas médicas”

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Guía para unas buenas prácticas

Dentro de lo que es esta carrera (corta, escueta y concisa), una de las pocas satisfacciones que te ofrece son las prácticas. Yo al menos espero en cada época de exámenes que lleguen como agua de mayo. En realidad, hacer que las prácticas sean buenas y productivas para los estudiantes es más fácil de lo que parece, ya que tampoco es demasiado lo que esperamos (salvo estudiantes quejicas, como yo).

Hasta la fecha, afortunadamente todas las rotaciones que he tenido han sido bastante buenas, aunque me quedo con rasgos de unas y de otras para hacer la rotación perfecta.

En primer lugar, lo que no está de más es que te hagan caso, y ya que estamos, que no te hagan sentir como un mueble. Francamente, me hace más feliz hasta resolver papeleo que estar sentado al lado de un residente que está pasando una analítica que ya he visto y hemos comentado. Tampoco es plan de que nos tengan como secretarios, pero muchas veces estamos sin hacer nada, y es muy desagradable la sensación de que esté todo el mundo trabajando mientras miras al techo. Igualmente, también se agradece tener tareas concretas, como hacer los evolutivos de planta, tal y como me dejaron hacer a mí en Medicina Interna.

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Imagen sacada de “Reglas médicas”

Que las rotaciones sean largas (en la Complutense duran un mínimo de un mes y un máximo de dos) debe de servir para que nos integremos de verdad en el Servicio, lo que es inviable si cada semana estás en un sitio totalmente diferente, donde presumiblemente vas a estar como un mero espectador de la consulta, la planta o las pruebas. De hecho, esto es lo que hace que las prácticas que tenemos intercaladas con las clases de algunas asignaturas tengan un interés más bien escaso. Esto no implica, sin embargo, que se nos tenga dos meses rotando en consultas extremadamente específicas, como pasa en algunos sitios, ya que el interés que puede tener para nosotros es bastante limitado.

Del mismo modo, cuando pagas la matrícula a principio de curso y luego te meten en una consulta con otros tres estudiantes, te planteas si se están burlando de ti, y es que, para tener unas prácticas de calidad, es fundamental adaptar la asignación de estudiantes a la capacidad real de los Servicios, de modo que podamos ser una parte activa de estos. Y es que, personalmente, no me parece ético hacerle 6 exploraciones a un paciente que lo único que quiere es irse por fin del hospital.

Algo interesante que vi en mi última rotación fue la realización de seminarios ideados para los estudiantes, como repaso de conceptos básicos que eran útiles (lectura de ECGs, lectura de gasometrías, etc). Esto contribuye, además, a sentirte verdaderamente acogido, del mismo modo que incrementa el interés en ir al día siguiente para ver si te ha servido realmente o no de algo.

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Imagen sacada de “Reglas médicas”

Y por último y no menos importante, pero de cara a estudiantes… dale siempre una oportunidad a la rotación. Hay veces que piensas que va a ser horrible, que no te va a gustar, que ese Servicio te parece espantoso y te acaba sorprendiendo gratamente. Quizás no sea la especialidad de tu vida, pero no hay que olvidar que el objetivo (supuesto) de la carrera es la formación como médico general.

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Tipos de profesores universitarios

Cada vez que hablo con alguno de mis compañeros sobre nuestra educación acaba saliendo el mismo tema, el de la calidad de las clases y el profesorado.

Llevo tres meses con la estrategia de dejar de ir a clase salvo los días que me toca coger comisión de apuntes, y los lunes (que es un día dedicado a Medicina Legal exclusivamente).

Esto me obliga a ir, al menos, al 25% de las clases, y sólo ha servido para que me reafirme en mi decisión, ya que, por desgracia, el desglose que podemos hacer de la fauna que puebla nuestras cátedras no es el mejor. Aquí os dejo un resumen representativo:

El profesor lector

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Un clásico donde los haya. Es, probablemente, el tipo más abundante. Su arma es el PowerPoint. Sabes que es un experto cuando sus diapositivas, que nunca son menos de 50, van en fondo azul oscuro, letra amarilla y Comic Sans, sin imágenes. Sus clases se resumen en una frase: no cojáis apuntes, viene todo en las diapositivas.

Speedy Gonzáles

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No sabes cómo lo hace, pero es capaz de dar 25 páginas de Word en 50 minutos. Con casi toda probabilidad, terminará la clase y serás incapaz de decir con seguridad de qué se ha hablado.

Jigsaw

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Es la versión malvada del anterior. Además de la fluencia con la que imparte sus clases, digna de un experto en trabalenguas, este ser no deja las diapositivas, cosa que advierte una vez terminada su clase, dejando la posibilidad de coger apuntes en manos de unos pocos privilegiados.

Judas

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En sus clases no le da importancia a prácticamente nada. Pasa todo por encima, soltando un “tranquilos, que esto no cae en el examen” cada 5-10 minutos. Sueles acordarte de él cuando llega junio y ves todos esos conceptos que no te has estudiado.

El novelista frustrado

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Su estilo a la hora de impartir las clases se describe en una palabra: divagar. Ha hecho de la capacidad de sacar temas que no vienen a cuento un arte. Terminarás la hora sin saber exactamente qué ha pasado ni por qué.

Narciso

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Está ahí por el prestigio que da ser profesor, y te lo hará saber, dejándote de todas las formas subrepticias perfectamente claro que no quiere estar ahí ni le interesas lo más mínimo. Su criptonita son las dudas.

Supernanny

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Nada importará que estés en 5º, te seguirá explicando conceptos básicos y dará las clases con un tono de voz pausado, idóneo para párvulos. Si hace una pregunta a la clase, da igual lo que digas, sus expectativas en ti son pocas.

Ortega y Gasset

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Su máxima es aquella de “siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”. Sus clases no suelen seguir el formato de clase magistral y es frecuente tener que ampliar temario, pero, por contrapartida, te recordará que está permitido pensar.

El correcto

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Empieza a su hora. Termina a su hora. Hace las aclaraciones precisas. Sus diapositivas no son puro texto, y las imágenes que se incluyen son útiles. A medida que va avanzando en la carrera, aprendes a apreciarlos cada vez más.

El unicornio

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Como el anterior, pero tienen un algo que hacen que sus clases sean verdaderamente memorables. Con suerte, tendrás entre 3-5 de estos a lo largo de toda la carrera. Suspirarás y te brillarán los ojos cada vez que se mencione su nombre. Reconócelo: quieres casarte con ellos.

Desgraciadamente, lo que más abunda, desde mi experiencia, son los dos primeros. Francamente, tampoco creo que sea una cosa que se haya instaurado con maldad, sino un cúmulo de circunstancias en la que se incluyen que no se haya dado formación pedagógica a quienes nos instruyen, y la devaluación generalizada de la importancia de las clases.

Quiero dejar claro que, a pesar de que este post pueda parecer demasiado satírico, mi intención es muy clara: dejar patente que la calidad de la docencia en España, salvo honrosas excepciones, es francamente mejorable.

Por un lado tenemos profesionales con vocación docente y dotes, además de algunos que tienen vocación pero sus explicaciones, ante un público amplio, se pierden, pero en prácticas pueden ser grandes maestros. Por otro, tenemos grandes profesionales sin vocación docente y, que por desgracia, tampoco saben transmitir sus conocimientos.

Algunas de las cosas que más valoran muchos alumnos son PowerPoints de apoyo, que no estén llenos de letra y tengan sólo una guía para seguir la clase, incluso clases sin PowerPoints, clases interactivas (verdaderamente interactivas, con imágenes donde se pregunte qué es, en radiografías, ECGs, etc; no sólo preguntas retóricas que rompan momentáneamente el curso de la clase) o clases en las que se nos deja el contenido a estudiar en PDF (que no el PowerPoint en PDF) y el profesor intenta transmitir lo fundamental de la lección en el tiempo del que dispone (siempre me pregunto si es agradable, en esas clases interminables de 100 diapositivas, oírnos teclear frenéticamente mientras miramos las pantallas de los portátiles con cara de velocidad).

Desde mi punto de vista, la solución pasa por aumentar el reconocimiento del médico-docente, dejar que sea quien tenga verdadera vocación y no sólo prestigio como profesional impartir clases, incluso dejando a aquellos residentes que quieran impartir ciertos temas, dar formación pedagógica específica para poder impartir clases y ampliar el protagonismo de la formación universitaria en la Medicina.

Y tú, ¿reconoces a todos los estereotipos?

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